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LA VISIÓN EXTERNALIZADA: LA VISIÓN EXTERNALIZADA:

SI NO EXISTE UN YO NO EXISTE LA SALUD MENTAL. SI NO EXISTE UN YO NO EXISTE LA SALUD MENTAL.

THE EXTERNALISED VISION by MURIEL GOOD COVER

El conato de visibilización de la lucha de las mujeres racializadas, Afrodescendientes, no Blancas, Afrodiaspóricas, y como queramos denominarnos por controlar nuestras vidas y cuerpos desde una perspectiva inclusiva, transeccional, no etnocéntrica y descolonizadora es escandalosamente reciente. Tanto que la mera tarea de documentación requerida para escribir con cierta credibilidad sobre un tema tan relevante como la salud mental en referencia a lo “no normativo” se convierte en el primer caballo de batalla.
Afirmó con rotundidad nuestra “no existencia” en cuanto a estudios clínicos.
Ni siquiera el planteamiento de lo que significa un “estresor” fuera del concepto universalizador de mujer Blanca y burguesa que lleva por bandera la intervención psicológica moderna con feminismo incorporado.
Asisto con un sentimiento de impotencia a mí propia abducción, en cuanto a que los criterios de la APA ( Asociación Americana de Psicología) y el manual clínico por excelencia de trastornos psicológicos, DSM en EEUU y CIE en Europa, con sucesivas versiones para adaptarse a los tiempos no se basan en muestras representativas de población, sino sesgadas.

Pondré un ejemplo: el concepto de “suceso vital estresante” no incluye elementos que puedan serlo para mí, o ser percibidos por otras mujeres no Blancas.
No incluye el sentimiento de exclusión social por motivos étnicos, la continua hiperpresencia e hiperexposición involuntaria de nuestras características físicas no habituales para una mayoría, la hipersexualización, el continuo esfuerzo por ”encajar”, los micro-racismos cotidianos, etc…

Esto supone una invisibilización del sufrimiento psicológico, una negación de nuestra subjetividad, la perspectiva que nos considere “sujetos”, no sólo corpóreos, sino provistos de un “yo” femenino y no Blanco.

Se recurre entonces, desde la distancia, a la aplicación de estereotipicidad en nuestras características psíquicas, tratandonos, en todo caso, como Schopenhauer hablaría de “lo hembra” en la naturaleza cuando se refería a la mujer en general, pero añadiendo la perspectiva eurocéntrica y colonial.
Deduzco pues que no existe más opción para abordar la cuestión que la generación de un baremo propio surgido del autodidactismo.

Aún así, habló con la precaución de quién debe deconstruir en cierto modo su formación como profesional de la salud mental, por haberla completado bajo las directrices del paradigma dominante. Esto no es posible si la mirada de la propia mujer racializada al analizar los factores psicológicos se halla abducida por el sistema médico/psiquiátrico/psicológico eurocéntrico y normativo.
Prima la adherencia a un paradigma crítico y decolonial como base para cualquier reflexión.
De forma clásica el discurso psiquiátrico patriarcal hegemónico vigente hasta hace poco ha atribuido un estrecho margen a lo considerado “mentalmente saludable” en las mujeres al uso, convirtiendo cualquier desviación mínima de la norma en patología y como consecuencia, “no eran mujeres”.

El sistema moderno colonial, que adjunto el género, estableció una única forma de ser mujer, por medio de patrones y normas impuestos, lo que implica ausencia de interseccionalidad e ignorar sistemáticamente la etnicidad, la socialización, los diversos contextos etc, por lo que las opresiones han continuado en el ámbito de la práctica en la salud mental.

Queda pendiente la emergencia de todas esas mujeres que necesitan pasar del “no ser” al “ser”, resignificando el “ser mujer” desde una subjetividad racializada/ no Blanca/ migrante/ Diaspóricas.
Estas vuelcan entonces saberes colectivos, basados al tiempo en experiencias concretas no tipificadas, configuradas por condiciones particulares, materiales, físicas y simbólicas, emocionales, narrativas que delimitan las vivencias. Partiendo de aquí puede establecerse la salud mental como tópico aplicable.

¿En qué consiste la visión externalizada y excluyente?

Analizando la tendencia general del establishment hacia lo que, por ejemplo, resulta un factor altamente estresante para nosotras, las manifestaciones racistas, concluyó que se han institucionalizado y normalizado rasgos de personalidad que aplicados a un individuo conformarían un síndrome psicopatológico, pero que, paradójicamente, cuando se extrapolan al sistema sociocultural predominante no lo son. Detengámonos en la “anecdotizacion” de las agresiones racistas, la tendencia del sistema a convertir un estresor tan potente y cotidiano para nosotras en un hecho aislado, cuando es institucional.
Esto constituye la generalización y aceptación de un rasgo psicopatológico, la negación, visión selectiva o incluso visión ficticia por parte de una sociedad entera, por tanto asistimos a cierto grado de psicopatología colectiva.
Suena alarmante, pero uno de los elementos definitorios de la misma es la ausencia de empatía.

Concluyó pues, que un rasgo psicopatológico individual cuando se eleva a “inconsciente colectivo” evidencia una “sociedad trastornada” por el negacionismo y la no empatía.

Ésta impregna la experiencia vivencial de quienes sí lo percibimos, sufrimos, no podemos negarlo, como generador de estrés en diversos grados, convertido en un halo envolvente, continuo espacio temporal en el que estamos inmersas. Con otra vuelta de tuerca, la patología general y exógena propicia el surgimiento de trastornos psicológicos y/o síntomas, como el estrés postraumático, la ansiedad, la depresión, la falta de autoestima, la deformación del áutoconcepto desde la niñez o en la edad adulta y un rosario de obstáculos emocionales que no solo invade nuestras mentes, sino que, al ser procesados de forma continua por el cerebro, pueden llegar a somatizarse, de forma que aparecen casos, y no pocos, de hiperreacción del sistema nervioso autónomo, malestar general, cansancio y desgaste.
“Si, señoras, el racismo mata”, y es un evento vital altamente estresante aunque resulte anecdótico para el sistema e institucional para nosotras.

Más contradicción: lo que constituye la respuesta de estrés evolutivamente hablando es universal en el ser humano ante lo que es un “estresor”.
No obstante, se torna impositiva, particular e “invisible”, al no ser percibido por la mayoría, para las mujeres racializadas. No existe, está “no existencia” ciertamente desconcertante para quienes la percibimos, connota su hiperpresencia al vivirse usualmente de forma individual, no verbalizada, aislada, reprimida desde la perspectiva Afrodiaspórica y femenina, cual rayo láser. Por parte del colectivo mayoritario, que no padece sus consecuencias, es ignorable, negable, diluido en la amplitud de la norma y la “otredad”.
Surge como necesidad acuciante está afirmación:
para analizar mi propia salud mental como mujer racializada, y la de otras mujeres no Blancas, debo analizar, como profesional, la salud mental del colectivo opresor que ni siquiera reconoce problema alguno al respecto.

Mi autodefinición en cuanto a proceso de creación del “yo”, dependiendo de cómo han percibido ese “yo” desde la otredad ni siquiera me pertenece del todo. Pocas mujeres de nuestro colectivo podrán decir que no han sentido alguna vez está enajenación de la percepción acerca de lo que resulta estresante desde nuestra vivencia propia o no lo es por imposición mayoritaria, lo que resulta patológico desde la autopercepción o desde la alteridad.
No obstante, no se puede caer en la trampa de afirmar que la actitud racista o el acto racista inherente a un individuo le comprometa con psicopedagogía alguna, atendiendo al hecho personal, puesto que de ser así se podría aplicar la atenuación de no intencionalidad, no responsabilidad, incapacidad de discernimiento, cuando no es así.
Se trata de actos propiciados por una interiorización extremadamente profunda del privilegio blanco y otras nociones de Blanquitud otorgadas por siglos de un statu quo colonizador, supremacista, que establece al mismo tiempo la esclavización mental propia y ajena, deviniendo la propia en una actitud colonizadora asimilada y hegemónica, normalizada estadísticamente por el número.
Aún así, es innegable que extrapolando al sistema, sí se puede caracterizar éste como plagado de rasgos psicopatológicos diluidos por la no visibilidad para la parte opresora.

A modo de conclusión de esta primera parte, que pone el acento en cómo se plantea (o simplemente no se hace) la psique de la mujer racializada, Afrodescendiente, Negra, mestiza, en resumen, no Blanca por parte del sistema y entorno que nos envuelve, invito a reflexionar por qué como experta en salud mental, no puedo separar el análisis de mi sintomatología, de lo percibido por mí como “estresor” o psicológicamente negativo de la visión por parte del sistema de esto mismo, que tiende a la negación, a calibrar los niveles de estrés de forma cualitativamente diferente y sesgada. Por qué mi subjetividad se percibe como hiperbólica (soy muy susceptible), anecdótica (será casualidad), tácita (ignorarlo), y si no accedo a reaccionar como establece esta norma de un entramado psicosocial etnocéntrico y excluyente termino siendo “una loca”, con todo lo que ello conlleva de carga estigmatizadora.

Continúo con una segunda parte en la que nuestra autodefinición vivencial clarifica estas cuestiones.

LA SALUD MENTAL AUTOPERCIBIDA:

NUESTRA MENTE EXISTE.

¿Qué nos afecta psicológicamente como mujeres racializadas, Afrodescendientes, migrantes?

¿Qué es lo que percibimos como sufrimiento emocional?

Aquí planteo una serie de preguntas para las que cada una de nosotras tendrá una respuesta.

¿Cuál es el resultado del desarrollo evolutivo de la subjetividad en este ambiente?

¿Cuál es el impacto de todo el sistema negacionista, normalizado del racismo, universalizador del concepto de mujer que nos excluye en la creación de un yo unitario, no escindido, con autoestima suficiente como para autovalorarse partiendo de una infravaloración impuesta?

¿Qué vulnerabilidad genera este nicho ecológico, psicológicamente estresante en cuanto a síntomas y síndromes psicopatológicos generados exógenamente, pero tan interiorizados en ocasiones que roturan las líneas de nuestra personalidad?

¿Cuál es el efecto de la aculturación, el desarraigo diaspórico?

¿Como crea la identidad una niña racializada que crece sin ver representada su corporeidad más que frente al espejo o compartida con otras niñas de su condición, percibidas como anómalas desde la Blanquitud?

He de remarcar que la psicología clínica al uso, la psicología social no responde a todas estas cuestiones. Debe generarse un paradigma autodidacta y reivindicativo cuyo marco de referencia sea autogenerado.
Existe, por ejemplo, el trastorno de autoconcebirse una misma como el problema, debido en parte a la interiorización profunda del orden etnocéntrico establecido y la autonegación, y dependiendo del contexto en que la mujer se halle, por las supuestas demostraciones empíricas que cotidianamente observa, puesto que absorbe la falsa idea de que la normalidad es la habitualidad, y no existen en ocasiones formas de contradecir esta teoría, que termina convirtiéndose en dogma.

Existe el Síndrome de Esclavitud postraumático, único modelo de trastorno que he encontrado documentado que reconoce el tipo específico de estresor que supuso y supone está condición, y su gravedad, según la doctora Joy DeGruy, como consecuencia de la opresión multigeneracional experimentada.
Véase lo que conlleva:
Desarrollo insuficiente de la autoestima.

  • Desesperanza.
  • Depresión.
  • Perspectiva autodestructiva.
  • Propensión a la ira y la violencia.
  • Sentimientos extremos de sospecha.
  • Socialización racista o racismo internalizado.
  • Indefensión aprendida.
  • Autoconcepto distorsionado.
  • Aversión por los miembros del propio grupo (endorracismo), por las costumbres identitarias además de las características físicas.

Debe quedar claro que todos estos efectos tienen origen exógeno, nunca constituye una definición de lo que somos, ni una generalización, pero se acerca bastante a lo que puede caracterizar algunas de nuestras reacciones ante los estresores psicológicos que nosotras percibimos.
Para ello es necesario personalizar, ejemplificar mediante la aclaración de ciertos mitos culturales, episodios vivenciales que doten de contenido y dinámica a unos esquemas que no constituyen una definición sino un análisis de lo que supone nuestra forma de estar en el mundo, derivada de necesidades psicológicas diferenciales.

Las consecuencias psicoemocionales que podemos padecer como Afrodescendientes o mujeres racializadas no son una consecuencia psicogenética heredada, sería una visión reduccionista y biologicista. No se heredan estas vulnerabilidades per se, sino que persisten en la medida en que lo hacen los factores sociales, históricos y ambientales que la generan.
Es la condición de un entramado sociocultural que nos somete a procesos e interacciones de estereotipicidad, prejuicios, y llamémoslo por su nombre:

  • Ofensas.
  • Insultos.
  • Humillaciones.
  • Rechazo.
  • La dañina sutilidad del lenguaje.
  • Los gestos.
  • Los cuestionamientos.
  • La omisión.
  • La invisibilización.
  • La minimización.
  • La folclorización.
  • La trivialización.
  • La hipersexualización.

A pesar del conocido estereotipo de la “Negra fuerte, enfadada y escandalosa”, la realidad estadística nos dice que las reacciones más frecuentes son exactamente las contrarias, siempre con datos de carácter clínico unipersonal, no epidemiológico, puesto que como grupo no estamos representadas, esto es:
inacción, impotencia, pasividad.
La vivencia/ sensación/emoción compleja más experimentada es la vergüenza, lo que conlleva el silencio y el aislamiento, de forma que los síndromes psicopatológicos derivados del racismo se viven en soledad, lo que contribuye a su agudización, por la ausencia de espacios colectivos receptivos que propicien la expresión o verbalización de forma segura y protegida.
Es una asignatura pendiente y de extremada urgencia por su necesidad en los nichos sociales donde la Diáspora nos ha hecho vivir.
Es importante no caer en la trivialización servida en bandeja por la Blanquitud y su zona de confort, en el mito de la mujer Negra fuerte capaz de soportarlo todo, pues legitimamos su derecho a seguir imponiendo cualquier grado de sufrimiento emocional.
No califiquemos entre nosotras de “débil” a quien se vea afectada por lo que dañaría a cualquier ser humano.

Se trata, en mi opinión, de fomentar la sororidad desde el reconocimiento de lo que nos afecta y cómo nos afecta, independientemente de que nos consideremos racializadas, migrantes, Afronómadas, Afrodescendientes, Negras, Africanas o simplemente no Blancas.

Alimentar un clima de apoyo mutuo, no negando nuestra vulnerabilidad, puesto que de lo contrario caemos en el bucle:
de no ser vulnerable, no ser mujer, no ser persona, no ser sujeto.
En tanto que somos mujeres Afro, con toda la diversidad que ello conlleva en todos los sentidos, también debemos sentirnos psicológicamente apoyadas, escuchadas, visibilizadas, sororizadas.

LA VISION EXTERNALISEE: LA VISION EXTERNALISEE:

S’IL N’EXISTE AUCUN JE, LA SANTÉ MENTALE N’A PAS LIEU D’EXISTER. S’IL N’EXISTE AUCUN JE, LA SANTÉ MENTALE N’A PAS LIEU D’EXISTER.

THE EXTERNALISED VISION by MURIEL GOOD COVER

La tentative de visibilisation de la lutte des femmes AfroDiasporiques, Afrodescendantes, non-Blanches, racisées et comment nous voulons nous dénominer en contrôlant nos vies et nos corps à partir d’une perspective inclusive, transectionnelle, non ethnocentriste et décolonisante, est scandaleusement récente. À tel point, que la simple tâche de documentation nécessaire pour pouvoir écrire avec une certaine crédibilité sur un sujet aussi pertinent que la santé mentale en faisant référence au critère « non normatif » se transforme en premier cheval de bataille.
J’affirme avec fermeté notre «non-existence» en termes d’études cliniques.
Pas même en terme d’approche de ce que signifie un facteur de stress en dehors du concept universaliste de femme Blanche de classe bourgeoise qui porte la bannière unique de l’intervention psychologique moderne avec son féminisme incorporé.
J’assiste avec un sentiment d’impuissance à mon propre enlèvement, lorsqu’il s’agit des critères de l’APA (American Psychological Association) et du manuel clinique par excellence des troubles psychologiques, DSM aux États-Unis et CIE en Europe, avec des versions successives pour s’adapter à l’époque qui ne sont pas basées sur des échantillons représentatifs de la population, mais sont plutôt biaisés.

Je donnerai un exemple: avec le concept « d’événement vital stressant » qui n’inclut pas les éléments qui peuvent l’être pour moi ou être perçus par d’autres femmes non-Blanches. Cela n’inclut pas le sentiment d’exclusion sociale pour des raisons ethniques, l’hyper-présence continue et l’hyper-exposition involontaire de nos caractéristiques physiques ou phénotypes, qui ne sont pas habituelles ou la norme pour la majorité, incluant également l’hypersexualisation, l’effort continu pour “s’intégrer”, les épisodes quotidiens de micro-racismes, etc.

Ceci suppose l’invisibilité de la souffrance psychologique, une négation de notre subjectivité, la perspective qui nous considère comme des sujets, non seulement corporels, mais dotés d’un « je/du moi » féminin et non-Blanc. 


Nous recourons alors depuis une certaine distance à l’application de la stéréotypicité dans nos caractéristiques psychiques, comme Schopenhauer parlerait de la “Femme” dans la nature en se référant à la femme en général, mais en ajoutant la perspective eurocentriste et coloniale.
J’en déduis donc qu’il n’y a pas d’autre option pour aborder la question que la création d’une échelle appropriée émergeant de l’autodidactisme.

Cependant, je m’exprime avec la prudence d’une personne qui a le devoir de déconstruire en quelque sorte sa formation de professionnelle de la santé, pour l’avoir complétée conformément aux directives du paradigme dominant. Cela n’est pas possible si le regard de la femme racisée elle-même lors de l’analyse des facteurs psychologiques est enlevé par le système médical / psychiatrique / psychologique normatif et eurocentriste.
L’adhésion à un paradigme critique et décolonial est la base de toute réflexion.
De manière classique le discours psychiatrique patriarcal hégémonique en vigueur jusqu’à récemment attribue une marge étroite à ce qui est considéré comme « psychiquement sain » chez les femmes, convertissant toute déviation minimale de la norme en pathologie et, par conséquent, « n’étant pas éligible pour être femme ».

Le système colonial moderne, qui a juxtaposé le genre, a établi une manière unique d’être femme, au moyen de normes imposées, ce qui implique l’absence d’intersectionnalité et une ignorance systématique de l’ethnicité, de la socialisation, des contextes divers, etc., de sorte que les oppressions se sont poursuivies dans le domaine de la pratique de la santé mentale. 


Il reste encore l’émergence de toutes ces femmes qui doivent passer de « ne pas être » à « être », résignifiant le « fait d’être femme » depuis une subjectivité racialisée / non-Blanche / migrante / Diasporique. Celles-ci transforment les connaissances collectives, basées sur le facteur temps, en expériences concrètes non typées, configurées par des conditions particulières, matérielles, physiques et symboliques, émotionnelles, narratives qui définissent les expériences vécues. Dans ce contexte, la santé mentale peut être établie comme sujet applicable.

Quelle est la vision externalisée et excluante ?

Analysant la tendance générale d’un point de vue institutionnel vers ce qui, par exemple, est un facteur de stress extrême pour nous, si nous abordons les manifestations racistes, j’en conclus que des traits de personnalité ont été institutionnalisés et normalisés et que lorsqu’ils sont appliqués à un individu, ils constitueraient un syndrome psychopathologique, mais que paradoxalement, extrapolés au système socioculturel prédominant, ils ne sont pas considérés comme tel.
Arrêtons-nous à «l’anecdote» des agressions racistes, à la tendance du système à transformer un facteur de stress aussi puissant et quotidien pour nous, en un événement isolé, lorsqu’il est institutionnel. Ceci constitue, la généralisation et l’acceptation d’un trait psychopathologique, d’un déni, d’une vision sélective ou même d’une vision fictive par toute une société, c’est pourquoi nous assistons à un certain degré de psychopathologie collective. Cela semble alarmant, mais l’un des éléments déterminants est l’absence d’empathie.

J’en conclus alors, que lorsqu’une caractéristique psychopathologique individuelle est érigée en « inconscient collectif » c’est l’évidence d’une « société perturbée » par le déni et la non-empathie.


Cela imprègne l’expérience vécue des femmes qui le discernent, souffrent et ne peuvent pas nier cette évidence, en tant que générateur de stress à des degrés divers, cela devient même une espèce d’aura enveloppante, un espace temporaire continu dans lequel nous sommes immergés. Sous un autre angle, une pathologie générale et exogène favorise l’apparition de troubles et / ou de symptômes psychologiques, tels que le stress post-traumatique, l’anxiété, la dépression, le manque d’estime de soi, la distorsion de la conception de soi depuis l’enfance ou à l’âge adulte et une série d’obstacles émotionnels qui non seulement envahissent nos esprits, mais traités continuellement par le cerveau, provoquent une somatisation, de tel sorte qu’apparaissent une multiplication de cas, d’hypersensibilité du système nerveux autonome, de malaise, de fatigue et d’épuisement nerveux.
Oui, mesdames, le racisme tue et c’est une manifestation vitale très stressante, même s’il est anecdotique pour le système et institutionnel pour nous.

Encore plus de contradiction : ce qui constitue la réponse évolutive du stress est universel chez l’être humain, confontré à un facteur de stress.
Cependant, il devient un impôt, particulier et « invisible » pour les femmes racisées, car il n’est pas ressenti par la majorité. Il n’existe pas, cette « non-existence », certainement déconcertante pour les femmes comme qui la vivent, caractérise sa présence exacerbée habituellement vécu individuellement, de manière non verbalisée, dans isolement, en étant réprimée depuis la perspective AfroDiasporique et féminine, comme s’il s’agissait d’un faisceau laser foudroyant. Du point de vue du groupe majoritaire et dominant, qui n’en subit pas les conséquences, ce facteur de stress est ignorable, négligeable, dispersé dans l’ampleur de la norme et de « l’altérité ».
Cette déclaration se pose comme un besoin urgent :
Pour analyser ma propre santé mentale en tant que femme racisée et celle d’autres femmes non-Blanches, je dois analyser, en tant que professionnelle, la santé mentale du groupe oppressif qui ne reconnaît même pas l’existence du problème.

Ma propre définition du processus de création du « je/moi », en fonction de la perception du « je/moi » partant de l’altérité, ne m’appartient pas non plus. Peu de femmes de notre collectif seront capables d’admettre qu’elles n’ont jamais ressenti d’aliénation depuis l’observation imposée par la majorité ou comme conséquence de notre expérience liée à notre condition ce qui est stressant et pathologique du point de vue de la perception de soi ou de l’altérité.
Cependant, on ne peut pas tomber dans le piège consistant à affirmer que l’attitude raciste ou l’acte raciste inhérent à un individu le pousse à la psychopédagogie, en tenant compte du fait personnel, car si tel était le cas, l’atténuation du caractère non intentionnel pourrait être appliquée, ainsi que la non responsabilité et l’incapacité à discerner la différence quand il n’en est pas ainsi.
Ce sont des actes motivés par une intériorisation extrêmement profonde du privilège Blanc et d’autres notions de la Blanchité octroyées par des siècles de statu quo colonisateur et suprématiste, qui établit à la fois l’esclavage ou aliénation mental de soi et des autres, devenant une attitude colonisatrice propre, assimilée et hégémonique, statistiquement normalisée par le nombre. Même dans ce cas, il est indéniable que, si nous extrapolons au système, nous pouvons le définir comme souffrant de caractéristiques psychopathologiques camouflées par le manque d’évidence visible pour l’oppresseur.

En conclusion, de cette première partie qui souligne l’approche de la problématique posée (ou tout simplement accentue sa négation) par le système et l’environnement qui nous entoure, traitant de la psyché de la femme racisée, Afrodescendante, Noire, métisse, en résumé non-Blanche, je vous invite à la réflexion, en tant qu’experte en santé mentale, je ne peux séparer l’analyse de ma symptomatologie de ce que je perçois comme agent de stress ou psychologiquement négatif de la vision du système lui-même, qui tend à la négation, pour calibrer les niveaux de stress d’une manière qualitativement différente et biaisée. Car ma subjectivité est perçue comme hyperbolique (“je suis très susceptible”), anecdotique (“ce sera le hasard”), tacite (“il faut l’ignorer”), et si je n’accepte pas de réagir comme établi la norme d’un contexte psychosocial ethnocentrique et excluant, je finis par être “une folle”, avec tout ce que cela comporte comme fardeau stigmatisant.

Je continue avec une deuxième partie dans laquelle notre auto-définition existentielle clarifie ces questions.

SANTÉ MENTALE DEPUIS NOTRE PROPRE PERCEPTION :

NOTRE ESPRIT EXISTE.

Qu’est-ce qui nous affecte psychologiquement en tant que femmes racisées, Afrodescendantes et migrantes ?

Quelle est notre perception de la souffrance émotionnelle ?

Je pose ici une série de questions pour lesquelles chacune de nous aura une réponse.

Quel est le résultat du développement évolutif de la subjectivité dans cet environnement ?

Quel est l’impact de tout le système de négation, normalisé par le racisme, universalisant le concept de femme qui nous exclut dans la création d’un soi unitaire, non divisé, avec une estime de soi suffisante pour s’apprécier soi-même partant d’une sous-estimation imposée ?

Quelle vulnérabilité cette niche écologique génère-t-elle, psychologiquement stressante en termes de symptômes et de syndromes psychopathologiques générés de manière exogène, mais tellement intériorisés parfois qu’ils brisent les lignes de notre personnalité ?

Quel est l’effet de l’acculturation et du déracinement de la Diaspora ?

Comment une enfant racisée peut-elle développer une identité en grandissant sans représentations de sa corporalité à l’exception de son propre reflet dans le miroir ou dans celui d’autres petites filles de sa propre condition, toutes perçues comme anormales par la construction socioculturelle appelée Blanchité ?

Je dois souligner que la psychologie clinique et la psychologie sociale ne répondent pas à toutes ces questions. On se doit de générer un paradigme autodidacte et revendicatif dont le cadre de référence serait alimenté de manière autonome ou encore auto-généré.
Il y a par exemple le trouble de la culpabilité pathologique lorsqu’on s’identifie soi-même comme la cause du problème, en partie à cause de la profonde intériorisation de l’ordre ethnocentrique établi et du renoncement de soi, et en fonction également du contexte dans lequel se trouve la femme, pour les supposées manifestations empiriques qu’elle observe quotidiennement, puisqu’elle absorbe la fausse idée que la normalité est une habitualité, et qu’il n’y a parfois aucun moyen de contredire cette théorie qui finit par devenir un dogme.

Le syndrome post-traumatique de l’esclavage existe, le seul modèle de trouble psychologique documenté qui reconnaisse ce type spécifique de facteur de stress que cette condition représente, ainsi que sa gravité, selon la Dr Joy DeGruy, comme conséquence de l’oppression multigénérationnelle éprouvée.
Observez ce que cela implique :

  • Développement insuffisant de l’estime de soi.
  • Le désespoir
  • La dépression
  • Perspective autodestructrice
  • Tendance à la colère et à la violence.
  • Extrêmes sentiments de suspicion.
  • Socialisation raciste ou racisme intériorisé.
  • Sentiment d’impuissance acquis.
  • Distorsion du concept de soi.
  • Antipathie pour les membres de son groupe d’appartenance, racisme intériorisé, rejet des coutumes identitaires et traditions culturelles et aversion pour son phénotype et caractéristiques physiques.

Il doit être clair que tous ces effets ont une origine exogène, ce n’est jamais une définition de ce que nous sommes, ni une généralisation, mais cela s’assimile à ce qui peut caractériser certaines de nos réactions confrontées aux stresseurs psychologiques.
Pour cela, il est nécessaire de personnaliser, illustrer en clarifiant certains mythes culturels, des épisodes existentiels qui fournissent un contenu et une dynamique à des schémas qui ne constituent pas une définition mais une analyse de ce que notre manière d’être dans le monde suppose, dérivée de besoins psychologiques différentiels.

Les conséquences psycho-émotionnelles que nous pouvons subir en tant que personnes d’ascendance Africaine ou de femmes racisées ne sont pas une conséquence psychogénétique héritée, ce serait la une vision réductionniste et biologiste. Ces vulnérabilités ne sont pas héritées en elles-mêmes mais persistent dans la mesure où les facteurs sociaux, historiques et environnementaux qui les génèrent le font.
C’est la condition d’un tissu socioculturel qui nous soumet à des processus et à des interactions de stéréotypicité, de préjugés, et appelons cette réalité par son nom:

  • Les outrages
  • Les insultes
  • Les humiliations
  • Le rejet
  • La subtilité racialiste et néfaste du langage.
  • Les gestes
  • Les questionnements
  • L’omission
  • L’invisibilité.
  • La minimisation.
  • La folklorisation
  • La banalisation.
  • L’hypersexualisation

Malgré le stéréotype bien connu de « la Femme Noire forte, en colère et scandaleuse », la réalité des statistiques observe que les réactions les plus fréquentes sont exactement le contraire, toujours avec des données clinique à caractère unique, et non épidémiologiques, car en tant que groupe, nous ne sommes pas représentés.
Les réactions sont de l’ordre de :
l’inaction, l’impuissance, la passivité.
L’expérience vécue / la sensation / l’émotion complexe la plus expérimentée est la honte, qui conduit au silence et à l’isolement, de sorte que les syndromes psychopathologiques dérivés du racisme sont vécus dans la solitude, ce qui contribue à leur aggravation, en raison de l’absence d’espaces collectifs réceptifs qui favorisent l’expression ou la verbalisation de manière sûre et protégée.
C’est une discipline en suspens et d’une extrême urgence pour sa nécessité dans les niches sociales où la Diaspora nous a fait vivre.
Il est important de ne pas tomber dans la banalisation servie sur un plateau par la Blanchité et sa zone de confort, et de ne pas tomber non plus dans le mythe de la Femme Noire forte capable de tout supporter, car nous légitimons le droit de continuer à lui imposer n’importe quel degré de souffrance émotionnelle. Ne nous catégorisons pas entre nous de “faible” montrant du doigt celle qui est affectée par ce qui pourrait nuire à tout être humain.

Il s’agit à mon avis, de promouvoir la sororité depuis la reconnaissance de ce qui nous affecte et de la façon dont cela nous affecte, indépendamment du fait que nous nous considérons racisées, migrantes, Afronomades, Afrodescendantes, Noires, Africaine ou tout simplement non-Blanches.


Il nous faut nourrir un climat de soutien mutuel, sans nier notre vulnérabilité, sinon nous tombons dans la boucle infinie : de ne pas être vulnérable, de ne pas être considérée femme, ni personne, ni sujet.
Le fait que nous sommes des femmes issues des Diasporas d’ascendance Africaine, avec toute la diversité que cela implique, n’est pas mutuellement exclusif avec le fait que nous devons également nous sentir psychologiquement soutenues, écoutées, visibilisées, sororisées.